Esta es una pequeña historia sin importancia.
Durante la Semana Santa su mujer tuvo que trabajar. El se quedó en casa cuidando de sus dos pequeños, el mayor con tres años y medio, la pequeña de apenas diez meses.
Ella trabajaba a turnos. Y la casualidad hacía que durante muchas fiestas y fines de semana él se quedara sólo. A veces tenía la impresión de ser un padre divorciado, o viudo.
A esa soledad acompañada se unió la lluvia. Agua, agua y más agua. Parecía que Dios buscaba a un nuevo Noé. Vivía un pequeño infierno. Apenas podía salir de casa con los críos, quienes no paraban un momento. Llegó a pensar en el suicidio.
Entre las nubes, un rayo de ilusión. En la capital, para distraer al personal, habían programado espectáculos diarios para toda la familia. Uno de los días, ella salía del trabajo a las ocho de la tarde. Así que decidieron quedar.
Armado de paciencia, preparó todo lo necesario para la pequeña excursión, aunque para ello hubiera necesitado la ayuda de un equipo de Sherpas del Himalaya: la niña en su cochecito con un cubrecoches para la lluvia, la maleta con los elementos necesarios: pañales, agua, toallitas, chupetes, un par de biberones en unos termos especiales...; el niño de la mano pertrechado para la lluvia...
Y allá que se fueron a pesar de que llovía no a cántaros, a silos.
La plaza estaba abarrotada. Cubierta con una carpa gigantesca, pero abarrotada. Actuaba un mago, aunque ese detalle era insignificante para la cantidad de gente que había. Les hubiera dado lo mismo un mago, Van Morrison, el punky del diábolo o un fontanero desatascando una tubería. Todos los asientos, ocupados, por lo que no le quedó más remedio que colocarse al final, de pie. Colocó el coche de la niña a un costado y al niño sobre su hombros para que pudiera ver el espectáculo.
Con una mano sujetaba al crío, con la otra mecía el cochecito y, de vez en cuando, acariciando a la niña, a la que obsequiaba con alguna chuchería. Junto al mago, él era el espectáculo: el pulpo humano: sujeta al niño, mece a la niña, la acaricia, le da chuches, comprueba su teléfono móvil...
Notó un empujón, aunque no fue fuerte se echó la mano al bolsillo trasero, donde siempre llevaba la cartera. Sin problemas, estaba en su sitio. Le había visto venir, mal vestido y malencarado. No tenía buena pinta, pero no había pasado nada.
Pasó un momento y metió la mano en el bolsillo donde tenía el móvil. No lo encontró. Hizo un recorrido por todos los bolsillos. Tenía la manía de llevar prendas con más bollsillos que un chaleco de un corresponsal de guerra. Pero no lo encontró. Como pudo, con el niño sobre sus hombros, intentó mirar al suelo, por si se le hubiera caido. No pudo mirar, así que dejó al niño un momento, a pesar de sus protestas, pero no lo vió en el suelo.
Volvió a colocar al crio sobre los hombros e hizo una nueva ronda bolsillera, pero el móvil no aparecía. Conclusión: le habían levantado el aparato, se lo habían robado. Durante el resto de la actuación no hizo otra cosa que buscar el maldito teléfono, girándose, mirando al suelo... pero no apareció.
Cómo consiguió ponerse en contacto con su esposa (fue increible que en toda la plaza donde estaba no pudo conseguir hablar por un teléfono público, en los bares que lo tenían, no funcionaban) o como dio de baja el teléfono ya es otra historia.
Sin embargo, un detalle le confirmó el robo. Su mujer, sin saber lo que le había pasado, le telefoneó. Contestarón la llamada y colgaron sin decir nada.
Tuvo que comprar un nuevo móvil. rehacer la agenda.... y jurar el arameo por el robo.
Tiempo después le llegó la factura mensual. Tenía que pagar mucho más de lo habitual. En la detallada factura había especificada una llamada internacional. Eso le sorprendió y prestó atención a los detalles.
La llamada había sido hecha pocos minutos después de robarle el teléfono. Inicio de la llamada: 19.27 horas (unos diez minutos después del empujón). Duración de la llamada: 15 minutos 33 segundos. Destino: Argelia.
Pensó en lo afortunado que había sido al dar de baja pronto su móvil.
Y colorín colorado este largo, aburrido y estúpido cuento ha acabado.

Unabomber
13 jun 2008 | 01:43 PM
De la lectura, creo poder extraer un par de conclusiones:
1ª Un día de lluvia con niños en casa, es horroroso. Salir es una odisea y acabamos todos de los nervios.
2ª Prefiero no ser demagogo, pero es inevitable que afloren ciertos sentimientos innatos en el ser humano, al conocer el destino de la llamada.
bateman
13 jun 2008 | 02:48 PM
A la primera conclusión: un día de lluvia es horroroso, tres seguidos no tiene calificativo.
Es inevitable que afloren, pero creo que le hubiera dado lo mismo si en lugar de Argelia ve Rumanía, Francia, Senegal, Italia o Malawi.
Lo veo más como una metáfora.